Underground S.A.
Debí bloquear idiotas, las veces que pude.
Rara vez salgo de la sombra. No lo hago por cobardía, sino por hartazgo. Pocas veces levanto la voz para defender causas. Tampoco necesito declamar mi sistema de creencias en cada conversación, en cada comentario, como si fuera una autoridad cultural.
No me jacto. No me exhibo. No mendigo autenticidad. Ni me importa.
Entiendo que el acto de consumir o crear cultura no es una guerra a muerte, y que declararse enemigo de lo popular no les convierte —a usted, señor; a usted, señora— en sabios; solo los hace más predecibles.
Observo cómo se repite el gesto ad infinitum: seres que, al verse rodeados de gustos ajenos, levantan un amuleto, un disco, una chaqueta de cuero llena de parches, y citando a un autor muerto, dicen:
—¡Esto sí que es bueno, de verdad!
Como si la verdad existiera.1
Para mí, la paradoja es obvia. Gritan independencia, pero exigen pertenencia. Rechazan lo masivo, pero viven midiendo cuán underground es lo suyo. Necesitan enemigos para confirmar su identidad. Necesitan que el otro esté equivocado siempre, para saber quiénes son y cuán lejos mean.
Sucede lo mismo con quienes señalan a quienes utilizamos herramientas nuevas para escribir. Como si el pensamiento fuera menos legítimo por haber tomado un atajo, o por haber investigado fuentes a la velocidad de la luz. Como si la creatividad dependiera del sufrimiento metódico para ser creativa. Como si pedir ayuda fuera trampa. Como si nunca hubiéramos intentado imitar a Cortázar, o a Rita Indiana…
Pienso que no sumarnos a ese teatro de lo auténtico nos vuelve peligrosas.
Porque no necesitamos ganar nada. No necesitamos tener razón. Solo pedimos algo de respeto, de silencio, y el derecho a no participar del concurso eterno por ver quién está más autorizada a según qué cosas.
En un mundo donde todos buscan validarse por contraste, el que no compite arruina el juego.
Vuelvo a la sombra, queridas.
© El beso de la sardina. 2026
Gracias por curiosear. Si lo deseas, suscríbete.
No es cinismo. Lo que intento decir es que la “verdad” que algunas defienden no es una búsqueda honesta de lo real: es una forma de imposición, una manera de marcar territorio que, al final, solo sirve para camuflar sus propios complejos y defectos. Es una bomba de humo; pirotecnia.




«En un mundo donde todos buscan validarse por contraste, quien no compite arruina el juego».
Siempre soy yo quien lo arruina: nada de mi autoexigencia —que no es poca— ha servido nunca para la competencia.
Al final, la identidad de lo auténtico es un bella paradoja.
Un abrazo grande. Ánimo, leerte siempre es gran deleite. Porque el ruido de fondo, nunca nos calle.